El des-encuentro

Su separación se fue forjando según iban perdiendo conciencia de la presencia del otro. Ella decía que la culpa era de él, que ya no la escuchaba, siempre atento a cualquier chorrada sin sentido. Él la acusaba de ignorarlo hasta el punto de no regalarle ni la más insignificante de las miradas.

En ese descuido general, mientras se evaporaba cualquier intento de decir algo con significado, los sentidos se fueron desafinando. El paladar se oxidaba en una irremediable pérdida de expectativas. Las caricias no sabían ser ante el despiste de oído y vista, y el olfato se sumó al afán de sus dueños por ignorar todo lo que los rodeaba.

La invasión se desarrolló de una manera precisa y premeditada, pero silenciosa. Nadie preguntó cómo había ido a parar al mueble de su cuarto aquel objeto. Si en algún instante repararon en el exceso de saturación o en el ruido que hacía parecer inexistente cualquier elemento ajeno al aparato, fue tan fugaz que no mereció comentario alguno.

El único enfrentamiento en el que pusieron verdadero empeño fue en el que se jugaban la posesión exclusiva de tamaño aparato. No sabían que existía un único vencedor, y que éste lugar le correspondía a quien había iniciado la batalla.

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